La ciudad más sostenible, el coche más ahorrador, la nevera más eficiente… La excelencia en el campo de la sostenibilidad es un valor de marketing codiciado. ¿Tiene algún interés pedagógico?

Las agencias de noticias sirven este tipo de noticia con una frecuencia nada excepcional. Leo, por ejemplo, una nueva noticia proveniente de la China. Hoy, un día cualquiera, se está estudiando la conversión de un área rural cerca de Beijing en la primera ecocity del enorme y dinámico país asiático. El artículo nos explica las innovaciones y las mejoras que se quieren introducir y que convertirán este lugar en paradigma de las cosas bien hechas… He aquí todo un símbolo de la sostenibilidad. Un sistema de tranvía intentará reducir la dependencia de la población del vehículo privado, y esto que, como quien dice, ¡hace cuatro días el vehículo privado “tipo” en la China iba a dos ruedas, gracias a la voluntariosa tracción humana! La China, así pues, tendrá la ciudad más sostenible, un título suficientemente interesante si no fuera porque del mismo modo que los medios explican el caso de esta ciudad china, en los últimos meses también han hablado de otros ejemplos. Masdar, en Abu Dhabi, es un caso especialmente excéntrico, porque se desarrolla en medio del desierto, y lo impulsa uno de los principales productores de petróleo. Pero también hay el más solvente caso de Friburgo en Alemania, o de Pórtland en los Estados Unidos, que ha sido escogida la ciudad más sostenible del país que tiene el merecido título de “país más malversador del mundo”.

El fenómeno de las listas no lo encontramos sólo en el caso de las ciudades. ¿Echamos una ojeada a la publicidad? El coche con menos emisiones, leemos en el anuncio de la página 7, y en la página 19 encontramos otro vehículo que reclama su espacio de compromiso ambiental. En algunas tiendas de electrodomésticos, ya se señala la eficiencia como argumento de venta. Nuestro vendedor de confianza nos puede desafiar, sin ni parpadear, presentándonos una tras otra la nevera más eficiente del mundo, el lavaplatos más ahorrativo… incluso las compañías eléctricas y petroleras han tomado la bandera verde para presentar sus productos en una carrera impensable hace unos pocos años y que, a menudo, se presenta teñida con la gestualidad inquietante de la esquizofrenia.

La afición a las listas responde a una estrategia de marketing, claro está, y también nos explica un poco a una parte de los humanos de este siglo que empezamos. Competitivos, materialistas, rápidos y volátiles. Pero esta reflexión daría para otro artículo, o quizás para una enciclopedia entera.

Volvamos a las listas. El caso es que todo este lío –¿qué es la ciudad más sostenible?, ¿y la lavadora más eficiente?, ¿y el coche más ahorrativo?…– tiene un aspecto positivo, y uno de negativo. El positivo es que la excelencia en el campo de la sostenibilidad es un valor de marketing codiciado, una marca que interesa a turistas y que seduce a inversores y crea oportunidades de negocio. La parte negativa es el ruido, la peor de las herramientas pedagógicas. La confusión en las etiquetas crea desconfianza, no curiosidad; la suma de superlativos hace que nos miremos con socarronería estas propuestas, no con ánimo de conocer más detalles. Es una lástima, porque tirar del hilo de esta clase de listados debería garantizarnos descubrir buenas prácticas y reflexiones interesantes. El caso de Friburgo, al que nos hemos referido unas líneas más arriba, tiene unas garantías evidentes, pero los casos de Wanzhuang, cerca de Beijing, y de Masdar, en Abu Dhabi , son muy distintos. ¿De qué herramientas disponemos para ir más allá de la propaganda oficial e institucional, que seguramente tiene un peso importante en estos dos casos? ¿Cómo podemos filtrar los mensajes para los inversores de turno que muy probablemente contienen las dos noticias? ¿Cómo podemos discernir el grano de la paja? Mal asunto, este.

¿Tiene sentido aproximarnos a estos listados buscando valores pedagógicos? Quizás no tiene mucho sentido confiar a este tipo de hit-parades la tarea de ejercer este papel. Esto, al fin y al cabo, corresponderá a la comunidad educativa, a las publicaciones académicas, a la Administración o a los gremios de productores y fabricantes por medio de sellos y etiquetas, etc.

De hecho, esta reflexión nos conduce a una trampa. ¿Es que los medios y lo que publican no tienen también un enorme poder educativo y pedagógico? Claro está que sí. Lo tienen, sólo que es más difícil controlarlo y ajustarlo a los currículos. Pero finalmente, conforman la manera cómo miramos las cosas, cómo las interpretamos. Hacer como si no hubiese pasado nada es una estrategia tan cómoda como poco acertada.

Las clasificaciones de objetos o de ciudades deben ser interpretadas convenientemente. En el mundo del periodismo se vive des de hace tiempo la “espectacularización de la información” y las listas de “más limpios”, “más contaminantes”, “más eficientes” y un largo etcétera cada vez son más corrientes. Ayudan a simplificar las cosas, a hacerlas más atractivas. Y a la hora de plantear una noticia, esto es importante. Un primer trabajo para el educador y el estudiante debería ir encaminado a fortalecer la mirada crítica. Este es un trabajo imprescindible en todo el ciclo educativo. No sólo para saber “leer” clasificaciones, sino, en general, para saber interpretar noticias. Saber analizar es, en este caso, la primera apuesta pedagógica.

Finalmente, descubriremos que, en efecto, algunas de estas listas son suficientemente interesantes y sí tienen un valor pedagógico. No será el caso de Wanzhuang o de Masdar, pero sí, por ejemplo, el de Portland. El portal sustainlane.com, de los Estados Unidos, mantiene desde hace un tiempo un espacio virtual muy interesante, una mezcla de red social y de contenedor de información. El año 2006 hicieron el mencionado listado que clasificaba la ciudad de Oregon como la más sostenible de los Estados Unidos. La ventaja, en este caso, es que los impulsores de la clasificación explican los criterios que usaron de manera entendedora y bastante exhaustiva. Todo un esfuerzo de transparencia.

El lector interesado puede repasar los ítems analizados y hacerse una idea de la complejidad de esta aventura. Toda clasificación es, en realidad, un juego, una propuesta de organización de la realidad, siempre tan esquiva, siempre tan poliédrica. Por ello es importante poder analizar los criterios seguidos. Por este motivo es una propuesta recomendable echar un vistazo al listado de sustainlane.com.1

Pero, claro está, los Estados Unidos quedan lejos. Lejos en la distancia, lejos en la cultura de consumo y en la organización administrativa y política. En nuestro país, hay algunas iniciativas interesantes. El gobierno de la Generalitat tiene los premios de Medio Ambiente. El Foro Ambiental tiene en marcha, con alcance estatal, los premios Ecocity. La Diputación de Barcelona, desde sus premios a las Iniciativas Locales de Medio Ambiente intenta señalar las buenas prácticas relacionadas, en este caso, con cuestiones de energía y agua. La revista Opcions, desde una perspectiva diferente, también contribuye, con rigor y regularidad, a analizar los bienes de consumo desde una perspectiva sostenibilista.

Quizás no es tan espectacular, puesto que los catalanes debemos ser prudentes y temerosos, pero es un buen inicio. ¿Un inicio de qué? Del conocimiento del territorio, por ejemplo. Soluciones innovadoras. Quizás algunos de estos municipios están cerca del instituto o de la escuela… El premio es, en este caso, una excusa para conocer de cerca una experiencia que vale la pena seguir, que vale la pena conocer.

El trabajo educativo puede tener, también, un carácter más proactivo. Quizás a través de los créditos de investigación, en clase se podría trabajar un sistema de indicadores que permitiera hacer una clasificación de los barrios o vecindarios de la ciudad o pueblo que son más sostenibles. Lejos de las noticias comentadas, con todos sus intereses ocultos, este trabajo podría ser una manera interesante de discernir información y de presentarla de manera comprensible y atractiva. Toda vez, el hecho de construir el listado implicaría al alumno tener que hacer una gestión de la complejidad. Pero no se trata de hacer matemáticas. Aunque precisamente porque no son matemáticas, la elección de las buenas prácticas es más interesante e incluso motivo de debate.

Finalmente, y tras este trabajo, el estudiante tendría una mayor madurez para enfrentarse a los titulares que, día tras día, hablan de ciudades más sostenibles, coches con menos emisiones, o productos o electrodomésticos más eficientes.

Esta no será, pues, una ganancia menor.

Oriol Lladó

Periodista ambiental


1 www.sustainlane.com/us-city-rankings