Ante los graves problemas de sostenibilidad medioambiental y de degradación social, ecologistas, sociólogos, psicólogos y médicos proponen imponer cambios urgentes para devolver la habitabilidad a nuestras ciudades. Al trabajar con los niños, sorprende descubrir que la ciudad que ellos piden y necesitan guarda un gran parecido con la ciudad de la que hablan los expertos en la materia.

Además, la ciudad que proponen se parece en gran medida a las ciudades antiguas. El conocido arquitecto italiano Renzo Piano, ante la pregunta de cómo imaginaba la ciudad del futuro, respondió: «Lo más parecida posible a la del pasado». No se trata de adoptar una actitud romántica o nostálgica, sino de reivindicar el papel de lugar público de la ciudad, su función como punto de encuentro y de intercambio, como emplazamiento de las diversidades que ha ido perdiendo hasta llegar a nuestros días. La ciudad renacentista nace como alternativa al modelo medieval del castillo, basado en el principio de la separación: dentro de sus muros se encontraban los ricos y poderosos señores feudales, y fuera de los muros, el pueblo de los siervos de la gleba, de los campesinos al servicio de los poderosos. La ciudad rompe este esquema y se erige alrededor de una plaza, símbolo del espacio público. En dicha plaza se encuentran el palacio gubernamental y la catedral, y también allí cobra vida el mercado, símbolo de encuentro y de intercambio. La ciudad histórica no tiene zonas separadas para diversas categorías. Sus calles resultan hermosas porque están formadas por las ricas mansiones de los nobles, construidas por grandes arquitectos, y por las humildes casas de los artesanos. La diversidad hace que la ciudad resulte rica y bonita. Como ocurre en los ecosistemas: un ecosistema será sano y con vida si es complejo y articulado, si cada una de sus partes interactúa con las demás.

Durante las últimas décadas, tras la Segunda Guerra Mundial, las ciudades han conseguido traicionar a su propia naturaleza adoptando un modelo de separación y especialización. Los centros históricos se han ido despoblando, han emergido las periferias, se han creado barrios para los pobres y barrios para los ricos, barrios dormitorio, zonas de la cultura, áreas de trabajo. En esta ciudad moderna, pensada para un ciudadano adulto, hombre y trabajador, el coche se ha convertido en protagonista absoluto. Los automóviles han propiciado que la ciudad renuncie al espacio público, al aire limpio, al silencio, a la estética.

En esta ciudad adecuada a los ciudadanos adultos y trabajadores, la mayoría de los ciudadanos se siente excluida. De hecho, si recorremos las calles de una ciudad, ya sea grande o pequeña, difícilmente podremos encontrarnos a niños que circulen libremente, discapacitados que se desplacen en silla de ruedas o personas de edad avanzada. Estas categorías de personas han quedado excluidas del espacio público y se han creado para ellas espacios separados y especializados, que cuentan con servicios para ancianos, para los discapacitados o para los niños (desde la escuela infantil, hasta la guardería o ludoteca).

El derecho a jugar

En esta ciudad, los niños son los principales perjudicados, ya que no pueden ejercer su derecho más importante, reconocido en el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989: el derecho a jugar. Para poder jugar, un niño debería poder salir solo de casa con sus amigos y vivir la experiencia de la aventura, del descubrimiento, de la sorpresa, de los obstáculos, del riesgo. Probar las mieles de la victoria y la humillación de la derrota. Conocer  gente nueva, lugares desconocidos, pero especialmente, conocerse a sí mismo. Todo esto sería posible si no hubiera adultos acompañándoles, vigilándoles. Lamentablemente, esta opción se ha hecho tremendamente difícil en la actualidad. Un niño de un país desarrollado pasará probablemente todo su tiempo entre el colegio, los deberes, las clases de la tarde (de idiomas, deporte, música, baile, etc.) y la televisión o el ordenador, sin tener siquiera la posibilidad de vivir experiencias por sí solo o con sus amigos y amigas. De esta manera, desaparecen de la vida de los niños las pruebas, las dificultades, el riesgo. Ante la pregunta «¿Qué es el juego para un niño?», la conocida psicoanalista Françoise Dolto respondió: «Podría decirse que es disfrutar de la realización de un deseo superando los riesgos».

Esta situación acarrea graves consecuencias evolutivas cuyos dramáticos efectos se observan a menudo en la adolescencia. Al no haber podido encontrar los riesgos correspondientes con tres, cinco u ocho años, se acumula el deseo de riesgo, de pruebas, de peligro, que estallará en la primera ocasión en la que la chica o el chico de trece o catorce años tenga las llaves de casa o una moto. Y entonces nos sorprendemos y nos espantamos con las numerosas víctimas de muy corta edad en las carreteras, con los casos desconcertantes de bullying en el colegio, con los inicios cada vez más precoces en el mundo del tabaco, del alcohol y de la droga, y con los incomprensibles e inaceptables suicidios de adolescentes.

La ciudad de los niños

Debido a esta situación de malestar, de deterioro y de peligro, pusimos en marcha hace ya diecisiete años el proyecto de La Ciudad de los Niños, que propone que quienes gobiernen las ciudades pidan ayuda a los niños. Les animamos a que lo asuman como un nuevo parámetro (en lugar del modelo del ciudadano adulto, hombre y trabajador) para poder valorar y cambiar la ciudad partiendo del convencimiento de que una ciudad adaptada a los niños es una ciudad mejor para todos.1

Se trata de dar la palabra a los niños, de pedirles consejo, escucharles y tener en cuenta sus opiniones. Consiste también en devolver su autonomía a los niños, permitirles ejercer plenamente la ciudadanía a la que tienen derecho recorriendo libremente el espacio público de la ciudad. Si esto ocurre, los niños volverán a vivir las experiencias necesarias, se harán más autónomos y necesitarán menos juguetes, menos tele y menos clases de tarde. Por menos dinero, los niños se divierten más y crecen más sanos.2

Si los niños vuelven a vivir con autonomía en la ciudad, a ir al colegio con los amigos y no con los padres, a jugar en el barrio, yendo a los sitios que mejor se adapten a los juegos que elijan y no sólo a los jardines creados especialmente para ellos, conseguiremos un cambio importante. La ciudad se volverá más segura. Nosotros, los adultos, negamos la autonomía a nuestros niños porque la ciudad es peligrosa, pero en realidad la ciudad es peligrosa porque ha rechazado a los niños. La presencia de los niños en las calles y en las plazas obliga a los ciudadanos a hacerse cargo de ellos, a ser responsables y solidarios. En los municipios de la ciudad de Buenos Aires, un área suburbana de gran degradación y peligro ambiental, en la que se desarrolló la experiencia de Recorridos seguros hacia la escuela, se pudo registrar un descenso de más del 50% en la actividad delictiva.3

¿Que proponen los niños?

Tras más de quince años de experiencia con consejos de niños y tras haber recogido cientos de propuestas infantiles, podemos asegurar que los niños italianos, españoles y argentinos comparten algunas necesidades e inquietudes. A continuación, ponemos como ejemplo tres de las peticiones más frecuentes.

El espacio público

Los niños no quieren espacios especialmente dedicados a ellos, que permanezcan siempre iguales y donde necesiten ir acompañados de los padres. Quieren utilizar los espacios reales de la ciudad, junto con el resto de personas: adultos, ancianos, y extraer así de ellos sus propios espacios y experiencias. El espacio es público siempre y cuando esté vivo y sea frecuentado. Es público si corresponde a los intereses diversos de las diversas categorías y generaciones de personas. Es público si puede recorrerse, si es suficientemente seguro, de manera que un niño, un anciano o un discapacitado se sientan en su propia ciudad. Es público si es hermoso. Un niño decía que «El simple hecho de ir al colegio es bonito, pero las calles también deben ser bonitas».

Menos coches

Los niños se encuentran en un gran conflicto con los coches. Estos ocupan su espacio de juego, hacen que la calle sea peligrosa, lo que justifica la prohibición de salir solos. Un niño de una ciudad italiana formuló la siguiente propuesta al alcalde: «En esta ciudad hay muchos aparcamientos para coches, ¿por qué no los repartimos? La mitad del espacio para los coches, y la otra mitad, para los niños». La propuesta fue acogida con una sonrisa condescendiente, pero se estaba incurriendo en un error. La propuesta era sabia, y habría mejorado la ciudad para todos, no sólo para los niños.

El derecho a jugar

Los niños piden poder jugar, jugar un tiempo adecuado y todos los días. No entendemos por qué hay que ir al colegio todos los días durante muchas horas (artículo 28 de la Convención), en casa hay que hacer los deberes y así, no se deja tiempo para jugar. Si una ciudad se pusiera el objetivo de garantizar la posibilidad de jugar a todos los niños, debería eliminar todas las prohibiciones que existen actualmente en los lugares públicos y en los espacios de las comunidades (son ilegítimas después de la Convención). Debería cerrar los espacios de juego y permitir que se juegue en los lugares públicos (aceras, calles, plazas, jardines). Se debería potenciar la autonomía de los niños. Una niña de Suria, municipio de la provincia de Barcelona, decía que «Los espacios para jugar son siempre horizontales y no nos podemos esconder» y uno de Buenos Aires apuntaba que «Una plaza para ser buena para niños debe ser sin demasiada seguridad».

Como conclusión, una niña de Rosario, Argentina, dijo que: «La culpa de todo es de los mayores. Hay que poner límites a los mayores». Una frase terrible, pero, si observamos la degradación ambiental de nuestras ciudades, el creciente porcentaje de enfermedades muy graves y la pobreza de experiencias en la que viven nuestros acaudalados niños, ¿podemos considerarla falsa o exagerada?

Francesco Tonucci

Responsable del proyecto internacional La Ciudad de los Niños

Instituto de Ciencias y Tecnologías de la Cognición del Consejo Nacional de Investigaciones de Italia


1 El proyecto nació en Fanno, Italia, y desde el año 2006 ha sido coordinado por el Instituto de Ciencias y Tecnologías de la Cognición del Consejo Nacional de Investigaciones. A este proyecto se han adherido más de cien ciudades italianas y extranjeras, que conforman la red «Las ciudades de los niños», con Roma como ciudad principal. www.lacittadeibambini.org

2 Los niños de nuestras ciudades están exponiéndose al grave peligro de la obesidad infantil, provocada especialmente por la vida sedentaria en las casas, en el coche y delante del televisor. Los pediatras están también de acuerdo con el proyecto, en cuanto que promueve la autonomía de los niños para que puedan ir solos al colegio o a jugar con sus amigos.

3 Según lo indicado por el responsable de seguridad de la Ciudad de Buenos Aires en un Congreso público en julio de 2005.